Hace más de 30 años…

Habitualmente en el colegio se reúnen promociones de antiguos alumnos para recordar tiempos pasados; en esta ocasión la reunión era para recordar andanzas de un grupo de ex alumnos que hace ya más de 30 años empezaron a jugar al baloncesto en el colegio. Así se encontraron los: Chema Gómez, José Miguel Gutiérrez, Juanra Hernández, Colibrí, Ernesto Fernández, Edu Valverde, José Pablo González, Jaime Esteban, Alex Romero, Alberto Fernández, Marino, José Cerrato, Caros Alberola, Alex Miranda, Santiago Sainz, Gerardo Cabaco, Alfredo Cerrato, Roberto González y sus entrenadores Luis y Pepe Moratinos.

Pero mejor que sea uno de ellos, Ernesto Fernández, el que nos cuente sus vivencias y sentimientos:

La infancia es pura esperanza, pura ilusión, pura vida. En la mía, hace 35 años, algunos nos apuntábamos a uno de los deportes que surgió en nuestro centro escolar, uno cualquiera: baloncesto. Entonces no se llamaba actividad extraescolar, ni te obligaban a ese bilingüismo forzado y exigente, ni la tecnología copaba a padres e hijos, y la televisión era un rato escaso de dibujos al día y alguna “peli” interesante sólo de vez en cuando. El entretenimiento procedía de la imaginación, el teléfono era un recurso casi desesperado y los padres vivían en su mundo casi siempre ajeno al nuestro, pero con naturalidad, sin dramas ni remordimientos que necesitasen compensar con nada. Una época donde vivir era un manantial de silencio y serenidad, no un grito estresado de velocidad y angustia. Decía que, de una forma casi intuitiva, fue el baloncesto el deporte que me parecía más novedoso, más divertido, más original. De eso hace una eternidad. Esa elección, casual y espontánea, vino seguida de muchos años de amistad, compañerismo, respeto y unión en un grupo que caminó de la mano, en lo académico, lo deportivo y lo personal, y por el que pasan inevitablemente todos los recuerdos de muchísimos años de mi vida. Amigos, con mayúsculas, esos de los que fías sin pestañear, esos que te preocuparían siempre en la enfermedad o en la desgracia, esos que parece que siguen acompañándote pase lo que pase.

De repente amanece. El reloj no indica la hora, es raro, sólo el año, y ya han pasado 30 desde entonces. Casi como una necesidad toca reunirse. Sí, esas frases que escuchas a tus padres de pequeño y jamás entendías, como un zumbido en la lejanía: “cómo pasa el tiempo”, “veinte años no es nada”, “tengo el aniversario de mi promoción”…de repente tienen sentido, y frenas con brusquedad renunciando a esa vida rauda que casi sin pausa te empuja alejándote de esos recuerdos que permanecen tatuados en el alma.

El 8 de junio del año 2013, todos aquellos amigos lo siguen siendo, y están solteros, separados, divorciados o casados, con o sin hijos, y son tenderos, maestros, entrenadores, periodistas, empresarios, auditores, enfermeros o militares, ¡qué más da!. Amigos cuyos recuerdos no se limitan al deporte, porque compartir todo carga de conversación y llena el caudal de cualquier vida. Ese día volvimos a compartir todo, nos volvimos a preocupar los unos por los otros, nos cuidamos, nos abrazamos, nos quisimos redimir de lo mal que hacemos en no haber buscado ese tipo de pasión común…la vida. Toda la vida. No el éxito profesional, ni el personal o deportivo, sino el éxito de saber que compartes sin medida.

Antes de ayer caminé por un sendero de melancolía y esperanza cuando, 30 años más tarde, quedamos en el mismo colegio, en el mismo patio, con la misma fachada y las mismas canastas testigos mudos de la historia. Más de 20 amigos, más de 30 años, entre abrazos y sonrisas jugamos un partido que pretendía ser simbólico y acabó siendo entregado y competitivo, pero eternamente celestial. Recordé que un entrenador lo es para siempre, que el respeto y la obediencia son compatibles con el cariño y la cercanía y que un equipo es eterno cuando se sustenta en lo que de verdad importa. Quise decir unas palabras durante la cena. Sabía que no podría, sabía que lloraría. Lo hago ahora. Gracias, por seguir tratándome como siempre, por ofrecerme abrazos que cuesta encontrar en la vida “ordinaria”, por compartir un fin de semana único, pero sobre todo por entender que esa infancia fue una solvente plataforma educacional y deportiva a prueba de bombas que nos acompañará el resto de nuestra vida.

Hasta siempre. Hasta pronto.

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