Roma Express: crónica final del viaje de una generación.

Querido diario:
Así como los recuerdos vuelan, los momentos hacen igual. Y mientras conservamos la esperanza de que un segundo pase más lento, corren días sin piedad. Lo cierto es que el silencio aguarda por el minuto que no se disfrutó, y la sonrisa se pone en pie por cuantos no supieron pasar desapercibidos.
Así se sienten los días en Roma. Oculto entre libros el instante en que pudimos recorrer la ciudad eterna cuyas rocas hablan por sí solas, cada esquina guarda el tesoro que trae consigo suspiros atentos de insignificantes humanos rendidos al color y a la columna.
Los siglos jamás fueron en vano y, sin embargo, el fuego perdura y se contagia despertando almas que creyeron ser inmutables. Las melodías clásicas recorren las venas del grupo de alumnos con suerte: el Vaticano aguarda, Miguel Ángel deja caer la brocha, Bernini observa callado el mármol y San Pablo se siente pequeño: la obra capaz de abrumar al maestro, la ciudad capaz de superar al hombre mismo.
Queda constancia en el corazón de la experiencia, que si entre estrellas no ve su reflejo, lo hará en los fuegos artificiales.
Sonará la misma canción al piano para todos aquellos capaces de abrirse al arte.
Será tesoro de una generación saber que un día pisaron juntos el Teatro del mundo.
Escucharán el flechazo del origen del orden y sentirán que algo se mueve: aún queda vida en aquellas siete colinas.
De vuelta a España la nostalgia ocupa un tercio en la maleta, otro lo hacen los recuerdos y, el último, la promesa sellada en agua: del etéreo sonido de la moneda en la Fontana, un secreto a voces:
Que en esta limerencia, no hay opción ni voluntad opuesta: volver.
Firma: Gonzalo Casares (2ºBach.)

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