Crónica de Cuéllar I

El lunes comienza con buen tiempo. Parece que va a estar así toda la semana.
Nos vamos encontrando con los compañeros en el lugar habitual para coger el autocar. ¡Qué lío! ¡Qué jaleo! A ver si nos aclaramos con el autocar que es para no irnos a Bujedo, aunque no nos importaría repetir.

Entramos en Cuéllar y pasamos junto al castillo, que está muy bien conservado. Dejamos los autocares y caminamos con nuestros equipajes hacia el Albergue de la Magdalena. A pie de autocar nos han recibido los monitores que nos acompañan en estos días.

Una vez en el albergue, dejamos las mochilas y maletas y nos vamos a hacer juegos al parque situado junto al castillo. Los monitores van haciendo grupos para irnos conociendo y nosotros a ellos. Diego, es el que más manda, debe ser el coordinador; Pascual, parece majo, pero cuando se pone serio…; Sara, es muy agradable y Alberto, que es el más tranquilo de los cuatro.

Después de los juegos nos repartimos en grupos que se ajusten a las necesidades de dormitorios y, tras varias negociaciones, ya estamos todos conformes con nuestra ubicación.

De vuelta al albergue nos toca repartirnos las literas. “Yo arriba”, “Yo también”, “Yo prefiero abajo”. Y así, poco a poco y unos cediendo y otros perdiendo al “Piedra, papel o tijera” va quedando el alojamiento organizado.

Antes de ir a comer, Diego nos va diciendo alguna norma a tener en cuenta para que la convivencia en el albergue sea agradable y respetuosa, con las personas y las instalaciones.

Macarrones con tomate y queso, “¿Dónde está el chorizo?”, decían algunos, y filetes de hamburguesa con patatas fritas. Melón de postre. No estuvo mal.

Por la tarde salimos en autocar hacia el parque de aventuras Pinocio, donde realizamos dos circuitos de cuerdas, La Roca y La Pirámide; también pudimos tirar con arco y merendar.

Tras el parque de aventuras, nos llevaron a ver una fábrica de productos hortícolas. Sobre todo trabajan con las mazorcas de maíz y con remolacha. Aunque los olores no eran muy agradables en algunas zonas de la fábrica, nos llamó la atención lo limpio que estaba todo, la organización, la mecanización del proceso y que mandan mazorcas de maíz envasadas a lugares tan lejanos como Finlandia. También las podemos encontrar a la vuelta de la esquina en el Mercadona.

Al regresar al albergue nos duchamos, cenamos tortilla de patata, salchichas y, de postre, natillas. Algunos estuvieron haciendo servicios a la comunidad por no haber sabido comportarse adecuadamente.

Terminamos la jornada con un juego nocturno buscando a los monitores por otro parque de la localidad.

“¡Qué sueño!”, decían bastantes, es hora de descansar.

About the Author