Centenario del nacimiento de Miguel Delibes

Cien años del nacimiento de Miguel Delibes en esta ciudad de las letras desde hace siglos, quizás en este colegio “de letras” que ha formado a creadores, artistas, escritores y periodistas; más de diez años de su desaparición, una figura esencial en el carácter castellano de Valladolid, una de las almas literarias que mejor han sabido retratar el espíritu de sus gentes, de sus modos de comportarse y del dibujo de su paisaje. Los vallisoletanos, un tanto imprevisibles en las reacciones emocionales, lo manifestaron en el momento de su fallecimiento, conscientes del momento histórico que estaban viviendo, un 12 de marzo de 2010. Una despedida colectiva, a pesar de que don Miguel se había descrito como un “hombre huraño, enemigo de protocolos, protagonismos y aglomeraciones”. Los vallisoletanos, sin embargo, se mostraron cariñosos y cercanos.

El Colegio de Lourdes ha sido muy consciente siempre de la importancia que Delibes ha tenido en su trayectoria educativa. Su presencia entre nosotros como alumno había sido recordada en las principales efemérides de 1984 y 2009, y ahora, año a año en el recuerdo literario, alegre y juvenil del día a él dedicado, cada mes de marzo. Con la presencia de su familia, se ha continuado subrayando que Miguel Delibes un inevitable y bello capítulo de la historia de este centro. Así se plasmó, de alguna manera, en la película MAX, un precioso canto de su familia al escritor, donde entre sus bisnietos no faltaban, por ejemplo, los uniformes y los colores del Lourdes. Sin duda, un gesto cotidiano y bonito.

Desde el nuevo Colegio de Lourdes

Los hermanos Delibes Setién –Adolfo, Federico, José Ramón, Manuel y el propio Miguel- llegaron a un Colegio que había adoptado una nueva estructura, clases mejor distribuidas, una fachada magnífica de ladrillo coronada por la Virgen de Lourdes que labró el escultor Ramón Núñez y una nueva capilla, de espacioso tamaño y con visión de futuro. Todo eso se encontraba inaugurado en el periodo en que el pequeño Miguel Delibes comenzó sus estudios, entre 1928 y 1936. Con tal número de hijos en el Colegio, no era extraño que el cabeza de familia, el catedrático de la Escuela de Comercio, Adolfo Delibes, matizase alguno de los gastos que ocasionaba la actividad académica de los mismos, las llamadas “tasas arbitrarias” que relataba el propio escritor en “Mi vida al aire libre”: “Lo malo era cuando mi padre se resistía a pagar también los recargos abusivos pero éramos nosotros los que teníamos que dar la cara, verbigracia, con la fotografía anual del colegio o la revista Unión, o el orlín de fin de curso. El hermano procurador no comprendía que pagáramos puntualmente la mensualidad y luego nos negáramos a abonar un pequeño suplemento por la fotografía, la revista o el orlín. «Y ¿por qué no quiere tu padre el orlín?» «Él sabrá; no me lo ha dicho». Y el hermano procurador nos despachaba sin la barra de regaliz que solía ser el premio a los buenos pagadores. Ante sus logros, mi padre se crecía y recuerdo que, al iniciar el segundo curso de bachillerato y pedirle dinero para pagar los libros, miró éstos uno por uno, separó el volumen de historia y me dijo con aplomo francés: «éste lo devuelves. Le dices al hermano de mi parte que lo tenemos en casa». Se levantó, abrió una de las librerías de su despacho, sacó un librito de historia firmado por otro señor, con una tapa blanca en lugar de roja, y me lo entregó. Al día siguiente, el hermano nos mandó estudiar las dos primeras páginas, pero aunque ambos libros empezaban con la prehistoria, su método no coincidía. Con el tiempo, las diferencias se hicieron más ostensibles, de manera que me pasé el curso estudiando historia con mi compañero Lisardo Martín”.

Entonces, la familia vivía, como apunta el libro de alumnos, en la calle Colmenares nº 10 y contaba con uno de aquellos escasos aparatos telefónicos, el cual respondía al “número 1267”. Comenzó don Miguel, según él mismo confirmó en una entrevista que le dedicó la revista Unión en 1964, en la Primera elemental del célebre y prestigioso H. Enrique, el “último francés”, el postrero de los religiosos lasalianos que se había establecido en Valladolid tras haber sido expulsado de Francia a principios del siglo XX con cientos de Hermanos. A pesar de entrar en las clases de los rudimentos, éste no había sido el primer colegio de Miguel Delibes, pues había asistido a las aulas de las carmelitas de santa Joaquina Vedruna, establecido en el Paseo Zorrilla, en la esquina de la actual calle San Ildefonso. Cuando tenía diez años, empezó a cursar el bachillerato antiguo, bien diferente al breve y condensado de la actualidad. Sus profesores fueron captando, progresivamente, la personalidad de Miguel Delibes que no demostraba, a priori, el futuro literario que iba a desarrollar después. Con los años recordaba algunos incidentes disciplinarios como aquella “galleta de ida y vuelta” que le asestó el H. Bernabé Pablo en cuarto: “dicho Hermano era tan nervioso, que si lanzaba la mano hacia el lado derecho, tenía que volverla al lado izquierdo, y por tal motivo sus galletas eran siempre número par”. Como recordaba Delibes a su biógrafo Ramón García, los hermanos, “tenían en general la mano larga para el castigo –como hemos visto-, pero también es cierto que conseguían que te aprendieses de memoria los ríos y las cordilleras”.

Las mejores descripciones de la personalidad de Delibes se publicaron, en las primeras Memorias escolares, cuando acababa de obtener el título de bachiller, pocas semanas antes del comienzo de la Guerra de 1936. Fue el H. Cornelio León, profesor que después llegó a ser director del Colegio, el que afirmó que su mirada era “lánguida y un poco tristona”, aunque se convertía en “el más alegre y juguetón del grupo”. El joven-niño Delibes se mostraba muy “sagaz”. Era un estudiante que no gustaba de entretenerse y entusiasmarse con las matemáticas. Él mismo confesaba el “sacrificio terrible” que le había supuesto asimilar la aritmética, la geometría o el álgebra. La pasión la descargaba, más bien, en el dibujo, plasmado sobre todo en el género de las caricaturas, con los que retrataba a los profesores del Colegio. Con este modo de hacer entró después en la redacción de El Norte de Castilla.

Ya, en un juicio más reposado, valoraba lo que había aprendido de los Hermanos de La Salle: “guardo un recuerdo equilibrado y normal, tal vez porque, tras nuestro paso por él, nos aguardaban tres años de guerra civil y junto a horribles experiencias empalidecen otros recuerdos, sean buenos o malos. En todo caso, el Colegio de Lourdes fue mi despertar a la vida y a la razón, un despertar gradual y sin traumas, lo que tampoco quiere decir que yo fuera un niño feliz. Pero el hecho de mis tristezas y melancolías nada tiene que ver con el colegio en sí, sino con mi personal constitución. En el Colegio de Lourdes, empecé a interesarme por la religión, por la amistad, por la ciencia, por el deporte y esto es, en definitiva, lo que tengo que agradecer a los Hermanos”.

El deporte, el fútbol y el H. Fermín

Era el joven que gustaba de practicar el deporte, especialmente el fútbol: “nada le molesta tanto como irle con otros asuntos cuando está dando patadas al balón. Las cuestiones futbolísticas son frecuente tema de las conversaciones con sus amigos”. Un carácter retraído como el suyo desde niño era equilibrado por un fútbol que le introducía en la “sociedad infantil”. El centro había adquirido una extraordinaria tradición en toda práctica deportiva, sobre todo a través de los célebres festivales que tuvieron que realizarse fuera del Colegio, para participación de toda la ciudad, así como el carácter pionero de los que jugaron en los años treinta al “basket-ball”. De su percepción para el fútbol en estos años, dio cuenta Delibes en “Mi vida al aire libre” (1989) o en “El otro fútbol” (1982), donde recordaba la rivalidad que existía cuando jugaban con los alumnos del Colegio de Huérfanos del Arma de Caballería. Los alumnos del Lourdes se mostraban como una “potencia” futbolística cuando trataban de enfrentarse con los de los jesuitas, maristas o los muchachos del Instituto. Las cosas se percibía de otra manera cuando el envite era contra los mencionados Huérfanos de Santiago: “aquellos mozos –recuerda el propio escritor- practicaban un fútbol precursor”.

“Sin ser enciclopédico en sus conocimientos –continuaba el H. León-, [Delibes] posee no obstante una sólida formación asaz general, excelente preparación para comenzar los estudios universitarios en la facultad de Derecho –la guerra impidió esta entrada en la Universidad al encontrarse clausurada-. Tiene grande aprecio de la virtud cristiana; y lo demuestra en su lenguaje siempre digno y en el ejercicio de las prácticas cristianas y religiosas. Amigo bueno, amable y locuaz con una pizquita de malicia risueña que a nadie ofende”. Precisamente, uno de sus amigos fue Manuel Alonso Alcalde, el cual sí daba muestras de aptitudes literarias. Un nuevo escritor para la historia del Lourdes. Todo ello había sido gracias a su común profesor, el H. Fermín (José María Yáñez). Alonso Alcalde continuó siempre con su trayectoria literaria, aunque a la sombra de su profesión como jurídico militar. Su compañero que tanto le admiraba, Miguel Delibes, fue el que se consagró finalmente a la literatura, siendo su trayectoria más importante que su futura docencia en la Escuela de Comercio e, incluso, complementaria a sus iniciativas y trabajos periodísticos.

Precisamente, aquel H. Fermín, siempre fue recordado por el autor de “El Camino” como su profesor de Lengua y Literatura. El lasaliano había puesto énfasis en la clase en la preceptiva literaria, con unos contenidos eminentemente prácticos –como le confesó el propio Delibes a Jorge Urdiales-, con ejercicios de versificación, narraciones y descripciones, estas últimas referentes a temas libres, habitualmente tomadas del campo. Esta amistad se volvió a revivir, muchos años después, cuando tanto su compañero Alonso Alcalde como el H. Fermín acudieron por sorpresa a un programa homenaje, dedicado a Delibes, por la Televisión Española, donde se reconstruía su existencia. Precisamente, se titulaba “Esta es su vida”: “después de tantos años sin verle, su aparición en los estudios de Televisión me produjo verdadera emoción”. Cuando don Miguel tuvo conocimiento, por la prensa escrita, del fallecimiento del H. Fermín se dirigió por carta al entonces director del Lourdes: “su figura  es una de las más representativas del Colegio de mi infancia, una gran persona, un excelente pedagogo”. Por eso, le dedicaba, en mayo de 1981, el mejor de sus recuerdos y sus oraciones.

En aquel Lourdes en el cual los Hermanos tuvieron que volver a sus nombres de pila y abandonar los de profesión religiosa en los días de la República, además de colgar momentáneamente las sotanas y los baberos, en aquel Colegio dirigido por don Daniel Benito –en realidad el H. Alfredo Jorge -, era un personaje realmente popular el famoso “Penalty”, un “tipo curioso que barría los patios, fregaba los retretes y siempre tenía una respuesta amable para todos”.  Y si nuestro escritor no descubrió su vocación en el Colegio, como la mostró Capuletti con la pintura, quizás ya era un notable cazador mientras se encontraba en estas aulas, al menos de moscas: “es muy posible que en el cazador de moscas que era entonces, estuviera ya el cazador de perdices que soy ahora”. Delibes subrayaba, años después, que la intención del centro nunca fue “fabricar hombres distinguidos”, imprimiéndolos un sello propio nacido desde los profesores. Al Lourdes, “nunca le gustó la uniformidad, ni por fuera, ni por dentro”. Los alumnos mantenían una relación cercana y amistosa, tanto cuando estaban fuera como cuando se hallaban dentro, pero nunca “servil” y mucho menos hostil: “hombres –y entonces no había más posibilidad-, enteros, equilibrados, un poco rudos tal vez, pero leales”.

Un Colegio de Lourdes, para siempre

El 23 de abril de 1946, Miguel Delibes volvía al Colegio, para contraer matrimonio, con la que iba a ser su esposa, definida por él mismo como “mi equilibrio”, Ángeles de Castro. La unión, como recuerda la Revista colegial en su sección de antiguos alumnos, fue bendecida por el profesor de religión de la Escuela de Comercio, Martín Hernández: “durante la ceremonia actuó una notable orquesta y el coro del Colegio, que ofreció una demostración de su valía en la interpretación de diversas composiciones”. Una ceremonia convenientemente organizada, según se aprecia en la invitación que nos ha enseñado su hijo Germán Delibes, pues se rogaba a los asistentes que la portasen, con el fin de poder entrar en la misma. Los muchos que pudieron contemplar la ceremonia, fueron obsequiados después, en el jardín del Colegio. La habitual crónica social informaba que los nuevos señores Delibes salieron de viaje hacia su casa –y la de sus mayores- de Molledo-Portolín, en Cantabria, prolongando el trayecto con un recorrido por varias ciudades españolas y del extranjero.

Aquella sección de Antiguos Alumnos de la Revista Unión (nº 56, febrero 1948), continuaba informando de la llegada de importantes noticias desde Barcelona, como la que anunciaba que el premio Nadal había sido concedido a Miguel Delibes por su primera novela “La sombra del ciprés es alargada”. Nadie podía imaginar la importante carrera literaria que acababa de nacer y lo mucho que estaba, entonces, por venir: “con alborozo las recibimos en tu Colegio, Miguel, y al compartir contigo tan justificada alegría, te felicitamos entrañablemente por haberte hecho acreedor al máximo galardón nacional para ese género literario y te deseamos ininterrumpida serie de triunfos en el camino emprendido con ese paso de gigante”. Resaltaba, la Revista Unión que en octubre de 1949 se incorporaba a su redacción el ya escritor premiado Miguel Delibes. Su aportación, en aquel curso 1949-1950 –prolongándose en los primeros meses del siguiente- iba a ser el llamado “Cuento del mes”, el cual ocupaba una página de la mensual Revista, encontrándose a veces ilustrado con uno de sus dibujos -firmados con el característico “Max”-: “Piratas”, “La Liebre”, “El viaje en avión”, “Novillos”, “Un dormilón ilustre”, “Examen de Historia”, “La Cerilla”, “El tío caralimpia” y “La gallina de Cayetano”. Estos dos últimos no se encuentran firmados.

Tanto él como su esposa pensaron que este centro era el lugar adecuado para la educación de sus hijos varones: Miguel, Germán, Adolfo y Juan y ya en COU, en un colegio diferente, su hija Camino. Con los años, habría de pasar lo mismo con las generaciones venideras. Siendo hijos de quién eran, no era extraño que sus profesores les encargasen, por si podían descubrir alguna vocación literaria más, pequeños artículos en la mencionada revista. Miguel Delibes junior –como firmó en aquella Unión de 1962 (nº 194, noviembre 1962)- reflexionaba, por ejemplo, sobre la conveniencia o no del castigo que le impuso el H. Alberto Blasco, profesor de Literatura, por haberse distraído cazando una mosca. Como vemos hay deportes que continuaban practicándose de generación en generación. De cuestiones cinegéticas, más bien del primer día de caza, escribió el que después ha sido catedrático de Prehistoria, Germán Delibes, cuando en un primer disparo se cobró la presa de un avefría: a los doce años, a esa edad, “matar un avefría del primer disparo quiere decir que hay cazador”.

Nuevos Delibes retrataban al, ya abuelo, sintiéndole como un cabeza de familia cariñoso. Ángeles Corzo Delibes, en la nueva etapa de la Revista Unión (nº 233, junio 1997), cuando el escritor estaba culminando su última novela “El Hereje”, describía al abuelo que, cuando estaba enferma, la venía a visitar y la leía un cuento. Sabía que a su abuelo, la fama no le hacía feliz, pero a ella no había cosa que más le gustase que ver a don Miguel en la televisión o recibiendo un premio: “me hace feliz, y eso es lo que le gusta a mi abuelo: la felicidad de su familia y la felicidad de la gente”. Era entonces cuando el escritor, que por aquellos días era propuesto para el Nobel, aconsejaba a los alumnos del Lourdes que quisiesen ser escritores, que debían leer y escribir mucho, además de no tener prisa.

En abril de 2001 se abría, tras la reforma, la nueva biblioteca del Colegio. El centro decidió dedicársela al escritor. Para entonces, él no se sentía con fuerzas para participar en la inauguración: “se me ocurrió una feliz idea: mandarles a ustedes lo mejor que he sabido producir a lo largo de mi vida: mis hijos y mis libros”. Los primeros sabrían representarle, mientras que los segundos “ayudarán a enriquecer esa biblioteca incipiente que viene a unir aún más mi nombre a ese colegio, al que me unen ya cuatro generaciones”: “con el afecto de siempre, envío un abrazo a chicos y grandes, este viejo escritor que está ya para pocos trotes”. El apellido de los Delibes sigue corriendo por las listas, en primer, segundo, tercero o cuarto lugar, ¡qué importa! Cada mes de marzo, el ritmo se interrumpe para celebrar un Día dedicado a él. La Asociación de Antiguos Alumnos ha decidido distinguir a sus siete hijos como “asociados de honor” ¿Cuál es el mejor homenaje que podemos tributar a un escritor? Leer lo que él escribió. Nunca publicó sus libros para que estuviesen en librerías o bibliotecas, parados y sin ser manoseados, sino para que viajásemos a través de sus palabras y encontrásemos en su mirada, en el caso de don Miguel, una de las formas más bellas de contemplar la Castilla en la que nacimos y moramos, aquí nos plantaron y en ella crecemos. Y quizás, la vocación literaria se prolongue, se multiplique, y de nuevo, con las promociones, nuestros escritores, periodistas, artistas, mujeres y hombres de letras, continúen sirviendo a la cultura, tras haberse formado y estudiado en este Colegio de Lourdes.

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MIGUEL DELIBES ANTE SU CENTENARIO

Javier Burrieza Sánchez

Presidente de la Asociación Antiguos Alumnos Colegio Lourdes

Profesor Universidad de Valladolid

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